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TIERRA DE CRUCES

Adrián Pereda Vidal. Tierra de Cruces.
Cruces de ferrocarril, cruces fronterizos, cruces culturales, cruces como señales de muerte.

El norte de México estaría incompleto sin la presencia ineludible del tren. Aún en nuestros días, su imagen es parte del imaginario fronterizo. No sólo por aquellas fotografías, iconos de la Revolución Mexicana, que retratan a los combatientes posando orgullosos sobre las locomotoras o aquellas otras de "La Bestia", el sistema de trenes que cruza el territorio mexicano y mueve a los migrantes, quienes viajando en los techos de sus vagones (como iban los revolucionarios a principios del siglo pasado) van hacia el ansiado norte.
Sobra decir que el desarrollo de Mexicali hasta los años cincuenta fue de la mano del sistema ferroviario. Desde el llamado "Ferrocarril Inter-California" a inicios del siglo XX hasta el actual "Ferromex", la ciudad convive con este medio de transporte.
Esta relación entre ciudad y tren, como todas, está sometida a la rutina, la desmemoria y la apatía. Inclusive puede llevar a la desconexión: pueden vivir juntos pero separados, paradojas aparte.
Sin embargo, el arte es el mecanismo para hacer trascendente este tipo de situaciones aparentemente banales. Sin ir más lejos, el género pictórico del paisaje proyectaba con altura intelectual vínculos frecuentes como el que comentamos entre Mexicali y su tren. Si se piensa en antiguas obras de arte sobre este tema, destacan las magníficas pinturas del mexicano José María Velasco. Viéndolas, entendemos como el arte proyecta lo que para muchos desprevenidos puede parecer anodino.
Adrián Pereda Vidal (Mexicali, Baja California, 1986) se ha enfocado en la sonoridad como vía para la creación, aún cuando su práctica va más allá de la atención a los sonidos. Explora el espacio y el lugar, recontextualizando sus propiedades, en diálogo con otros lenguajes de representación visual y conceptual, como el dibujo y la notación gráfica. Su obra propone una reflexión sobre las distintas capas de significado que emergen cuando lo sonoro se entrelaza con lo espacial, cuestionando las fronteras entre lo audible y lo visible.
Lo que propone el artista con esta gran instalación es volver a situar al espectador frente a un sonido de la ciudad, que de tanto oírlo se fue silenciando: el ruido acompasado, trepidante y rítmico del tren pasando por las vías férreas junto a su ocasional silbato. Una música de la ciudad que de tanto sonar se dejó de escuchar, que no es lo mismo que oír. Se oye el tren pero no se escucha, pues como dice su definición, escuchar es "prestar atención intencionadamente a los sonidos para entenderlos".
"Faro Sonoro" de Adrián Pereda Vidal es un ejercicio de arqueología urbana que no ocurre solamente en el ámbito creativo del arreglo de frecuencias, ritmos y armonías sino que se desplaza al espacio. Como se señaló líneas atrás, se expande hacia otras técnicas artísticas; en este caso hacia la escultura, que en esta instalación tiene un sello novedoso. En este caso, las piezas se suman al paisaje desde el imaginario ferroviario. De manera crítica, Pereda Vidal recompone la ortogonalidad de los signos asociados al tren, transformándolos en unas imágenes que suman muchas capas de información: recuerdan el formalismo de Kasimir Malevich y la abstracción de inicios del siglo pasado así como las negras cruces de los avisos metálicos adquieren una intensa y luctuosa relación con las tragedias que suponen los "cruces" migratorios. Igualmente, estos signos derretidos adquieren en el contexto de la instalación un rasgo distintivo de la ciudad: así como el sonido es ambiental, otra condición "ambiental" de Mexicali es su sempiterno calor, que moldea las blandas esculturas y que en conexión con el rosa que nos rodea como espectadores, parodia otra de las propiedades del paisaje local: los penetrantes atardeceres de la ciudad.
Esta negociación entre procesos artísticos, cualidad del trabajo de Adrián Pereda Vidal, alcanza en esta instalación una rotunda presencia que igualmente se entiende desde la apropiación total del espacio como un "lugar" y desde la apuesta conceptual que la palabra "cruce" reverbera en la muestra. No solamente el "cruce" de técnicas y argumentaciones críticas que realiza Pereda Vidal, sino en el tema mismo del proyecto develado en ese potente título que como una poesía experimental, desliza las connotaciones políticas de la palabra cruce en el paisaje fronterizo, en sus sonidos y símbolos rescatados del olvido, que se niegan como el ocaso, a desaparecer.

Carlos E. Palacios

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